Cómo el feudalismo hizo perder la libertad a todos

Pérdida de libertades de la Alta a la Plena Edad Media

Si pensamos en una foto fija de cómo estaban las sociedades cristianas ibéricas del año 900 y las del 1200, podemos observar que las jerarquías y desigualdades se acentuaron notablemente, al extenderse y consolidarse el dominio de señores laicos y eclesiásticos. En general se perdieron libertades. La libertad no solo está definida de forma negativa como la ausencia de dominación y de jerarquías coercitivas, sino también de forma positiva como la capacidad de autogobernarse, de asociarse y cooperar por voluntad propia, y de desarrollar plenamente el potencial individual sin pisar la libertad de otros.

Es decir, la libertad no solo es “estar libre de”, sino “libertad para”, la capacidad efectiva para ser dueño de nuestro destino. Los campesinos perdieron autonomía individual y colectiva por la creciente intromisión señorial. Perdieron cierto control sobre las tierras comunales, las soluciones de justicia negociada entre vecinos se vieron gradualmente desplazadas por tribunales externos, y la autogestión social y productiva comunitaria e individual se vieron reducidas.

Como debían pagar rentas, perdían control sobre qué producían y los frutos de su trabajo. Muchos campesinos perdieron la propiedad de su tierra y perdieron libertad de movimiento al quedar sujetos a la explotación en la que trabajaban. El vínculo con un señor frecuentemente se transmitía de forma hereditaria, eliminándose así la posibilidad de cambiar de señor o de simplemente no tener uno.

Se veían limitados por un marco legal sobre el que podían negociar, pero que en última instancia estaba diseñado para beneficiar a los poderosos, y la amenaza de la violencia física estaba siempre presente para desalentar desafíos a la autoridad. La presencia local y el control ideológico eclesiástico se hizo más fuerte en la Plena Edad Media, con lo que hubo una mayor dominación y vigilancia de las mentes de los explotados. Además, los señores ejercieron un mayor control sobre las estrategias de reproducción familiar campesina, como con quién se casaban o cómo repartían la herencia.

Las jerarquías son jaulas también para quienes ocupan las posiciones dominantes, aunque de un modo menos negativo que para los explotados, claro. Los nobles estaban atados a otros por juramentos de fidelidad y relaciones de clientela, las opciones de qué hacer con su vida eran muy limitadas, y su vida podía estar en riesgo por participación en guerras o por intrigas. Además, podían vivir más presos de obligaciones familiares que muchos campesinos, y el estilo de vida y distribución de riqueza entre vasallos que se esperaba de ellos podía hacer que terminasen endeudados.

Del clero se esperaba unas creencias no alejadas de las consideradas ortodoxas por la Iglesia católica y un comportamiento moral determinado. Muchos estaban reprimidos sexualmente por los cambios introducidos desde el siglo XI, y debían vivir bajo las reglas de una comunidad monástica o la vigilancia de algún superior. Las élites perdieron la posibilidad de aprovecharse de un mundo con relaciones sociales más sanas y de más desarrollos técnicos por la explotación económica y limitaciones en el desarrollo intelectual y profesional que introducían en las masas de trabajadores.

Por tanto, al mismo tiempo que apretaban las cadenas que ataban a los dominados, también se estaban poniendo cadenas a ellos mismos. Dicho esto, tampoco quiero presentar una imagen demasiado catastrofista del paso de la Alta a la Plena Edad Media, entre otras cosas porque muchas libertades quedaron más restringidas en la Edad Moderna y todavía más en la Edad Contemporánea. Hoy, por ejemplo, gozamos de muchas cosas impensables en la Edad Media, pero estamos mucho peor en términos de estar libres de control social. Piensa en la vigilancia masiva que hay con cámaras de seguridad, policías y espionaje digital.

Además, la mayoría de los campesinos hispanos gozaban de más libertad y mayor potencial de movilidad social que la mayoría de los campesinos europeos. Por otra parte, en regiones como Galicia, Asturias, las zonas más próximas a León o los condados catalanes el control señorial ya era bastante fuerte en el siglo X, por lo que los cambios no fueron demasiado de sopetón, y aunque la explotación señorial aumentó notablemente en el siglo XI, luego tendió a estabilizarse.  Eso significaba que algunos campesinos también podían llegar a enriquecerse.

Ya vimos en el episodio 63, sobre qué es el feudalismo, que bajo la lógica económica tributaria se incentivaba el crecimiento económico y especialización, que benefició especialmente a las élites que vivían del trabajo de los demás, pero también a muchos de los dominados. Ni era habitual estar en los límites del umbral de subsistencia ni tampoco los señores empleaban la violencia física contra los dominados de manera regular. Para facilitar la comprensión, voy a separar varios modos de dominación según qué mecanismo me parece que es el principal, pero es frecuente que haya solapamientos con otras categorías.

Eso por otra parte refuerza la importancia de la interseccionalidad, la herramienta que sirve para examinar cómo múltiples formas de desigualdad interactúan entre sí y afectan de forma distinta a las personas, porque no es lo mismo un obispo de origen nobiliario que un párroco de pueblo o una reina que una campesina aparcera o que una judía de una familia de mercaderes.

Dominación por violencia coercitiva

El modo de dominación más básico es aquel basado en la amenaza o uso de la fuerza física. Esta tenía una vertiente interna de sometimiento de los campesinos y una vertiente externa de conquistas, y ambas servían para reforzar el orden feudal o señorial. La guerra fue una herramienta indispensable en los procesos de formación estatal, la expansión de las relaciones económicas señoriales y el enriquecimiento y construcción del poder de numerosas familias.

En la Europa feudal el monopolio de la violencia no estaba reservado al Estado, sino al conjunto de nobles que disponían o formaban parte de ejércitos privados. De este modo quitaban al grueso de la población capacidades para defenderse a sí mismos. Fue en la Plena Edad Media cuando se definió mejor la aristocracia como una clase guerrera y hereditaria separada de los campesinos, aunque en realidad en la guerra se movilizase a más reclutas que solo a los nobles. Tal especialización hacía que fuera más fácil que los dominados interiorizasen las jerarquías como naturales.

Los ataques musulmanes y vikingos y, más importante aún, la propia violencia que generaban los señores feudales inducía a los campesinos a buscar la protección militar ofrecida por un señor con su castillo y mesnada como un mal menor. Los señores podían movilizar a sus hombres contra territorios de otro señor por los beneficios materiales que podían obtener en tierras y hombres y para reforzar la solidaridad de grupo de sus redes clientelares.

Lejos de ser un fallo del sistema, era una práctica que contribuía a la reproducción social del orden señorial, porque los señores feudales ofrecían protección a los campesinos de otros señores como ellos. Era como elegir a qué gánster pagarle tributo. Las sociedades feudales eran expansivas por naturaleza, puesto que la clase dominante tenía la guerra como una de sus bases económicas y fuentes de legitimación. Los saqueos y conquistas permitían que obtuvieran tierras, personas sujetas al pago de rentas y tributos y cautivos y esclavos que podían quedarse o repartir entre su clientela.

El cobro de parias de los reinos de taifas bajo amenaza de guerra si no lo hacían introdujo un flujo de monedas muy importante en el norte cristiano que agudizó notablemente las diferencias socioeconómicas en beneficio de señores laicos y la Iglesia. Se produjo un efecto de bumerán imperial con la explotación y conquista feudal de al-Ándalus, porque con el sometimiento de los andalusíes las élites cristianas ampliaron su patrimonio y redes clientelares, construyeron más monasterios y castillos, y perfeccionaron los mecanismos para exprimir al campesinado.

Se dedicaba una elevada proporción de las rentas señoriales a la guerra, en vez de invertir en mejorar el bienestar del pueblo. La conquista y colonización de al-Ándalus no creó un patrón de subordinación política y económica entre un centro y una periferia, sino que reproducía la sociedad señorial en las tierras conquistadas. Se puede describir como un colonialismo de poblamiento por la limpieza étnica parcial o total de los conquistados. Por medio de la fuerza militar y coerción legal se produjeron esclavizaciones, deportaciones y desposesiones de propiedad.

Hubo musulmanes que prefirieron abandonar su tierra para no someterse al dominio cristiano, otras veces al principio se quedaban por pactos de capitulación pero por el hostigamiento que sufrían se iban, y en otras ocasiones eran los cristianos los que los expulsaban por la fuerza. Ser cristiano no te salvaba del mal trato, porque la población mozárabe también sufrió empobrecimiento y acoso de los dominantes para conseguir sus propiedades mediante donaciones o compras y convertirlos en arrendatarios, lo mismo que ocurrió entre el campesinado cristiano del norte.

Por alumno2

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