Rutas imperiales en la pampa húmeda
El Purunku Ñan era otra de las rutas incaicas de esta zona de frontera, en este caso la que unía Santa Fe y Córdoba siguiendo el curso fluvial que hoy los cordobeses llaman Río Tercero, desde su desembocadura sobre el río Paraná.
El mapa mental de Uzkollo se relacionaba obviamente con el mundo andino, pero tenía que haber aprendido a relacionarse con las gentes, la cultura y los caminos de las tierras bajas.
Para él el camino del Río Tercero era el Purunku Ñan que al llegar al río Paraná cambiaba de nombre y se conocía como Qaraqara Ñan o camino de los Qaraqara, una zona que, por cierto, hoy seguimos llamando en su forma guaranizada: Carcarañá.
Pero ese nombre se lo pusieron los inka hace más de 500 años en honor a un destacamento de militares de la nación Qaraqara originarios de la ciudad de Chayanta en Bolivia, que eran quienes lo transitaban.
Estos Qaraqara bolivianos eran una unidad de combate de élite al servicio del estado incaico, los orgullosos “Soldados del Inka” que cada tanto bajaban desde Potosí hasta las proximidades del río Paraná pues tenían a su cargo la seguridad de esos inmensos territorios.
En 1527, cuando Francisco del Puerto, superviviente de la expedición de Solís le cuenta al navegante Sebastiano Caboto que “el Carcarañá descendía de las sierras donde comenzaban las minas de plata” no se estaba refiriendo al río del mismo nombre que no va más allá de Córdoba, sino al Qharaqhara Ñan, el camino inka que unía las orillas del río Paraná con las minas del Potosí, recorriendo todo el noroeste argentino.
Hasta el siglo pasado se pensaba que los inka solo habían colonizado las tierras altas del noroeste argentino, a saber, Jujuy, Salta, Catamarca etc., sobre todo porque allí aún pueden observarse las ruinas de su obra pública y sus establecimientos militares.
Pero hoy sabemos que las comunicaciones e influencia política incaica se proyectaba sobre casi todo nuestro país, pues el estado inka y sus aliados aymara estaban sumamente interesados en los pueblos de las tierras bajas.
Y sus alianzas eran una forma de establecer un colchón protector por delante de la cadena de fortalezas que custodiaban las fronteras. Una de las formas de afianzar esas alianzas fue crear enclaves en territorio amigo, en la tierra de sus aliados, enclaves que les permitían la observación, el intercambio de bienes y la difusión de sus ideas.
Esta forma de relacionarse con las sociedades de las tierras bajas viene siendo estudiada por etnohistoriadores y arqueólogos a lo largo de toda la frontera oriental del Tawantinsuyu, desde el norte de Colombia hasta Córdoba.
En Argentina los documentos y evidencias arqueológicas prueban la existencia de al menos tres grandes enclaves o “islas” del poder inka en las tierras bajas, a saber, Ansenuza en la mesopotamia santiagueña, Qaraqara Ñan sobre el río Paraná santafesino y el Río Segundo en Córdoba, el Purunku Ñan que unía los Valles de Paravachaska con la laguna Mar Chiquita.

Caravaneros querandíes
Estos tres enclaves son zonas de transición entre la política inka y la política guaraní. Dado que el Modelo Inka y el Modelo Guaraní eran las dos formas dominantes y distintas de hacer política en Argentina antes de la invasión europea.
Los querandí o talu het por su parte tenían la particularidad de atravesar esos territorios uniendo ambos modelos, recorriendo un territorio que por cierto, ocupaban desde antes de la invasión tanto de los inka como de los guaraní.
Por tanto la presencia de los querandí talu het es fundamental para entender lo que pasaba en esos lugares. Iremos poco a poco porque el escenario es complejo. De momento situémonos en Río Segundo, Córdoba, hacia 1530. Bajo la mirada de Inka Uzkollo los querandí intercambiaban productos de selva y río obtenidos en trueque con los pescadores chaná-timbú de la costa del Paraná.
Los querandí comerciaban con manteca de pescado, maderas y tintes raros, pipas ceremoniales con cabeza de loro y alucinógenos para fumar en ellas, los cuales obtenían de los chaná-timbú, así como garras, dientes y pieles de felino, estas últimas, poderosos símbolos de poder, fruto de sus alianzas con los indómitos charrúa-minuán, el Pueblo Jaguar, al otro lado del Paraná, en la actual provincia de Entre Ríos.
Las caravanas querandí talu het se quedaban solo algunas semanas en las tierras del Inka Uzkollo, luego continuaban su camino adentrándose cada vez más en el Tawantinsuyu y llegaban hasta el pie de las altas cumbres mendocinas, visitando otros enclaves inka.
Atravesaban duros desiertos donde a veces la falta de agua los obligaba a beber la sangre de las presas de caza. El aikén final, la estación más extrema, era el oasis de Korokorto hoy conocido como oasis de La Paz en la provincia de Mendoza.
A pocas horas de allí había otro oasis llamado Las Lagunillas donde se asentaba otra colonia del Tawantinsuyu, en este caso eran colonos Warpe que los cronistas escribieron Huarpe.
Ellos también estaban bajo el paraguas del estado inka, controlados por funcionarios cuzqueños desde el cercano centro administrativo de Uspallata, a 30 km.
Hablemos de los warpe. Eran mitmaqkuna, colonos desterrados por el estado inka al extremo sur del imperio, en los oasis del desierto de Mendoza.
La historiadora Margarita Gentile investigó su historia. Según esta historiadora, alrededor del año 1440 poco después de ser coronado, el Gran Inka Pachakuti inicia el proceso de expansión que transformará el simple señorío del Cuzco en un extenso imperio.
Uno de los primeros pueblos que no aceptaron esa expansión fueron los Kullum o Kuyos de Pawqar Tampu, hoy localidad de Paucartambo a 100 km al oeste de Cuzco.
Sus líderes se negaron a la anexión y durante un enfrentamiento armado uno de los generales Kuyo golpeó en la cabeza con su arma al mismísimo Gran Inka que participaba activamente en el combate.
Pues bien, ya derrotados por los cuzqueños, la comunidad Kuyo fue deportada al extremo sur del imperio, a los desiertos de la actual provincia de Mendoza, recientemente conquistada.
En esa época 150 años antes de la llegada de los españoles, Mendoza era una zona de guerra, los inkas no habían podido doblegar a la poderosa Confederación Kallchaq de los Diaguita, atacandolos por el norte, desde Jujuy.
Así que para lograrlo, en una gigantesca operación de pinzas, cruzaron los andes y bajaron por el lado chileno hasta el valle del Mapocho, hoy Santiago de Chile, y desde allí re entraron al territorio argentino para rodear a los diaguita desde el sur.
Para trabajar en las tierras conquistadas trajeron a los Kuyos de Pawkar Tampu, los cuales fueron a parar en calidad de colonos estatales a la línea de expansión inka más al sur, dando su nombre a la región “El Kullum”.
Fueron ubicados en varios oasis cercanos a la ciudad inka de Uspallata como mano de obra para el proyecto de obra pública que el estado quería desarrollar en la zona.
Concretamente, se les asignó la construcción de un extenso sistema de riego en pleno desierto, conectando oasis, para incrementar la producción agrícola y sustentar la base de operaciones que, desde el sur, les permitiera a los generales inka continuar hostigando a la Confederación Kallchaq de los indómitos diaguita.
Una vez ubicados en la zona, estos Kuyos comenzaron a establecer alianzas con los querandí talu het que llegaban anualmente desde Buenos Aires.
Los querandí llamaron a estos Kuyos “allentiak” que viene de allen, “gente” y tiak, “extranjero”. Los Inka por su parte los llamaron despectivamente “warpe”, a pesar de ello toda la zona ocupada por los warpe-allentiak conservó su nombre original hasta el día de hoy por eso la llamamos “Región de Cuyo” y ocupa tres provincias argentinas actuales, Mendoza, San Juan y San Luis.
Pero Kullum era el nombre administrativo inka, oficialmente Kullum Wamani, es decir la “Provincia de Cuyo” y su capital estaba situada en el valle de Uspallata.
Actualmente en torno a las lagunas de Guanacache los descendientes de los cuyo-warpe de aquella época todavía a día de hoy siguen fabricando canoas de totora estilo peruano, para pescar y como medio de transporte. Y por eso las canoas de totora cuyanas son del mismo modelo de canoa de juncos de la costa del Perú y el Lago Titicaca en Bolivia.
Con el paso de del tiempo los cuyo-warpe fueron estrechando sus contactos con los querandí, tanto que pasaron a llamarse warpe-allentiac.
Los querandí pasaban varios meses en el oasis de Korokorto en contacto con los warpe-allentiac y obviamente, también con los inka que los controlaban.
Pasado ese tiempo las caravanas querandí partían de retorno hacia el Río de la Plata, ahora portando herramientas de cobre, máscaras de plata baja, joyas de oro y tejidos de calidad obtenidos de los inka y de los warpe para intercambiar con la gente del litoral atlántico, guaraníes, charrúas y chana-timbú.
El origen del Río de la Plata
Sea por las caravanas querandí que volvían de las provincias inka del Kullum y Qhireqhire trayendo objetos de plata, sea por el botín que los guaraníes se llevaban fruto de sus ataques o por la circulación de bienes suntuarios que los propios inka distribuían entre sus aliados, lo cierto es que la primera plata que los europeos vieron fue en la desembocadura del río Paraná y por ello en sus crónicas lo llamaron “El Río de la Plata”.
Pero en realidad quienes lo llamaban así desde antes que ellos eran los guaraníes amigos de los españoles.
El gran explorador y cronista Alvar Nuñez Cabeza de Vaca que al igual que Diego Maradona siempre hablaba de sí mismo en tercera persona, cuenta en sus memorias que,
… llegados al río Yguaçú, fue informado de los indios naturales que el dicho río entra en un río del Paraná que allí mismo se llama el río de la plata
Quién le informó de ello fue un “indio natural” es decir, un guaraní de la provincia de Misiones.
En esa época “El Paraná” no se refería solo al río, como ahora, sino a toda la región, la gente de campo de la provincia de Corrientes todavía usa esta forma de hablar para referirse a la misma zona. “El Paraná” no era solo un río, era una zona o provincia guaraní, por eso Cabeza de Vaca dice que el río “de la plata” era un río del Paraná.
De hecho toda la mesopotamia argentina era conocida por los guaraní como “La Guara del Paraná”, es decir la región o provincia del Paraná. Y el río “de la plata” no era solo aplicable al estuario donde está Buenos Aires y Montevideo como hacemos hoy, sino que todo lo largo del río Paraná se conocía por ese nombre.
Para decirlo claramente, para los guaraníes lo que hoy llamamos río Paraná era conocido como el río “de la plata”. Así como el río Pilcomayo era “el de los loros” y el río Iguazú por sus cataratas era “el del agua grande”, de la misma forma el río que hoy llamamos Paraná era “el de la plata”.
Los españoles lo tradujeron como “argento”, por eso el sacerdote Martín del Barco Centenera, que hablaba guaraní y fue uno de los primeros en poner por escrito el nombre de Argentina, ya en 1576 se refiere al territorio en torno al río Paraná como “El Argentino”.
Y a ese uso, originalmente guaraní, haciendo referencia a la plata inka y que los españoles tradujeron, se debe el nombre de la República Argentina.
En otras palabras el río “de la plata” era un nombre que ya usaban los guaraníes antes de la invasión española para designar al río Paraná y “El Argentino” o “La Argentina” surgió de la traducción al castellano de una designación tradicional que hacían los guaraní sobre un área sobre la cual los inka proyectaban su poder y a la cual ellos disputaban.
Pero para mí lo importante es destacar que a lo largo de todo el recorrido del río Paraná, desde mucho más arriba de Asunción y hasta Buenos Aires llegaba no solo la plata del inka, sino también tejidos, llamas, maíz y por supuesto, espías y observadores del estado incaico. Y todo ello presuponía un plan estratégico previo y la circulación de cultura, bienes y personas.
Precisamente los querandí eran parte de este sistema de intercambio de mercancías e información.
Muchos de los europeos que empezaron a venir en esa época buscaban oro y plata y por eso en sus escritos destacaron la presencia de metales preciosos, pero los “indios naturales” para usar un término de Don Cabeza de Vaca, valoraban no solo las joyas de oro y plata que por supuesto eran poderosos símbolos de poder, sino que también deseaban las herramientas inka, las hachas, cuchillos y armas de bronce, el maíz y las llamas, la cerámica, las preciosas mantas llenas de símbolos andinos y un montón de bienes que circulaban desde las fronteras del imperio hacia las tierras bajas.
Y por supuesto, no nos olvidemos de la circulación de ideas, de informaciones sobre zonas ricas, caminos, ciudades, santuarios remotos y claro está, sobre juegos, política y religión.
Quiero poner el acento en esto pues nos va a permitir entender porqué la cabeza de playa que los españoles llamaron Buenos Aires fue atacada y destruída por una coalición de chanás, querandíes, charrúas y guaraníes en junio de 1536, y entender también hasta qué punto la política incaica intervino en ello.
Espías de Tupaq Yupanqi en el Delta del Tigre
Tenemos que enlazar lo que ocurrió en Buenos Aires en 1536 con la política que transcurría en el interior del territorio, porque realmente todo estaba conectado.
Nos cuentan una historia donde los españoles llegaron por sorpresa y los querandí, que estaban por allí pescando los atacaron cuando quisieron quitarle su pescado. Pero resulta que los nativos estaban esperando la invasión.
Estaban esperando y detrás de sus acciones en realidad había un increíble juego de poder cuyos hilos conductores nos llevan siempre tierra adentro.
En ese juego la información era un bien sumamente apreciado tanto por el estado inka como por las sociedades de las tierras bajas, y los mismos querandí colaboraban en la difusión de las ideas innovadoras venidas de los Andes.
La información era un pilar en el plan estratégico de expansión sobre las pampas del sur. Cuenta el cronista Juan de Betanzos que el Gran Inka Tupak Yupanqi, padre de Wayna Qhapaq y el primero en conquistar el territorio argentino luego de abrirse paso desde Tucumán hasta el Río de la Plata, retornó al Cuzco cruzando Santa Fe, Córdoba y Catamarca y antes de pasar a Chile,
“Envió orejones avisados y en hábito de mercaderes para que mirasen las tierras que hubiese y qué gente las mandaban” .
Los “orejones” eran nobles cuzqueños y de otras regiones aliadas al imperio, solo ellos podían usar grandes dilatadores de oro en las orejas, eran oficiales de su ejército, dedicados a obtener información, a quienes repartió en puntos estratégicos de pampa, chaco y litoral.
Esa orden se había dado en 1471 cuando Tupak Yupanqi que era un gran viajero, finalizó su extensa campaña militar y de exploración hacia el sur, la cual saliendo de Cuzco, cruzó Bolivia, Tucumán, Santiago del Estero y llegó hasta el Río de la Plata.
Recordemos que a orillas del Río de la Plata se localizaba el aikén o estación de aprovisionamiento más oriental de los querandí, y notemos que el ejército inka al retirarse toma el camino de los querandíes, rumbo a Chile.
Ese aikén o estación de aprovisionamiento querandí estaba ubicado en los bañados o humedales que circundan el río Luján, cerca de la desembocadura con el estuario, donde hoy está la ciudad de Tigre en el delta del Paraná, a 30 Km. de Buenos Aires.
Allí fue la primera batalla entre españoles y querandíes el 15 de junio de 1536 y allí fue donde llegó Tupak Yupanqi 65 años antes.
El mismo cronista Betanzos, recogiendo la información de los historiadores inka que registraron esa expedición nos informa que el Inka, acompañado de su séquito de orejones “…llegó a un río muy grande, que dicen ser el de la Plata y como a él llegasen y los viesen tan ancho, no le pasó” .
Yo viví más de 10 años en Buenos Aires y tuve una casa de palafitos sobre el río Luján, en las islas del Delta y por eso sé que la gente del lugar, los isleños, todavía llaman a esa zona el rincón del guazú nambí, que en lengua guaraní significa precisamente “rincón de los orejones”.
Lo importante en nuestra historia es que desde la campaña de Tupaq Yupanki en 1471 hasta el desembarco de Pedro de Mendoza en 1536 la práctica de poner puestos de observación inka en las tierras bajas continuaba.
Fue una presencia inka que tuvo que ver con la información, las alianzas y la política practicada en el Río de la Plata. Una presencia que no era tan visible como la construcción de caminos, andenes o acequias del Noroeste, pero que formaba parte del mismo dispositivo de hegemonía que practicaba el imperio.
El mismo carácter de informadores encubiertos que tenían esos agentes del inka distribuidos entre las sociedades de las tierras bajas hace difícil su detección en los documentos históricos. Pero tenemos la orden emitida por Tupaq Yupanki quien, aunque en 1471 todavía no había sido coronado, ya era en ese momento una alta autoridad inka en plena campaña militar en Argentina.
Además, si hay algo que los inka tenían muy aceitado era su sistema de información y comunicación, del cual estos espías formaban parte.
Este sistema contaba como es sabido con bibliotecas donde se almacenaban los datos contables de la gestión económica del vasto territorio bajo su dominio, así como información política e histórica de cada región junto a observaciones astronómicas para la mejora de las cosechas etc.
Aparte existía un eficaz sistema de correos o chaskis que hacía circular esa información dentro del aparato administrativo del estado.
De allí la importancia de mantenerse informados sobre la actividad en los confines del imperio, como es el caso de las tierras bajas de Argentina.
Aún así, con los informantes propios no bastaba, era muy valiosa también la información que pueblos trashumantes como los querandí llevaban desde el Atlántico hasta el pie de los Andes.
Gracias a este sistema de comunicación, funcionarios como Uzkollo destinados en los lindes hasta donde llegaba el poder inka, tenían conocimiento de lo que ocurría más allá de sus fronteras.
La primera entidad política de importancia próxima a Río Segundo, donde estaba Inka Uzkollo caminando hacia el este era la Confederación Chaná, cuyo territorio ocupaba las orillas, humedales e islas que van desde la actual ciudad de Rosario hasta Santa Fé, con enclaves en las costas entrerrianas y uruguayas.
El sacerdote español Martín del Barco Centenera uno de los primeros en tomar contacto con la Confederación Chaná registró su territorio con el nombre de “El Timbú”, escuchándolo de sus informantes chaná.
En 1536 el gobierno de El Timbú estaba a cargo del dirigente Zchera Wassu, alias “El Gran Líder”.
Los puertos fluviales controlados por la Confederación Chaná venían comerciando con portugueses, italianos y españoles desde hacía más de 30 años, desde que Américo Vespucci los visitara por primera vez en 1501.
En esa temprana fecha, ese gran explorador italiano a quien debemos el nombre del continente, estuvo en las costas del sur del Brasil y del Río de la Plata al cual los europeos todavía llamaban “Río Jordán”.
Sí, para los navegantes europeos del año 1501, el Río de la Plata era el Río Jordán.
Vespucci, o Vespucio como escribían los españoles, desembarcó en varios puertos de Brasil, Uruguay y Argentina y se sentó a hablar con algunos jefes políticos guaraní, los mburuvicha de la zona.
Según él mismo relata en una de sus cartas al gobierno florentino de los Médici, en uno de los puertos donde atracó estuvo 27 días conviviendo con los guaraní del lugar, tiempo durante el cual tuvo la oportunidad de conocer sus formas de pensamiento político y religioso.
Relata Vespucci que uno de los mburuvichá se jactó de haber capturado y comido a más de 200 enemigos, forma en la cual los mburuvichá expresaban su poder.
Gracias a su experiencia explorando nuevas rutas y a sus valiosos informes, en 1508 la corona española nombra a Vespucci Piloto Mayor del Reino, es decir, responsable de coordinar las naves de exploración que partían hacia América, África y Asia.
Pero lo importante aquí es tomar conciencia de que la información circulaba en ambos sentidos. Así como los gobiernos de Europa a través de personajes como Vespucci empezaron a tener cada vez más conocimientos sobre las nuevas tierras al otro lado del mar, también los gobiernos americanos fueron descubriendo un nuevo mundo.
A Zchera Wassu y otros miembros de la élite chaná de El Timbú santafesino les encantaban los perros que traían los europeos a bordo de sus buques y siempre que podían compraban algunos. Enseguida empezaron a multiplicarse en las orillas del río.
Lo mismo ocurría con las cuentas venecianas y otras joyas de fino cristal decorado que traían italianos y españoles a los puertos del Paraná, por eso los arqueólogos los encuentran como ofrenda en los cementerios chaná en enterramientos de la época del contacto temprano.
Es decir, vamos a ver un proceso de intercambio mediante el cual primero los mburuvichá guaraní de la costa del Atlántico, luego los jefes de la Confederación Chaná y finalmente los observadores inka distribuidos tierra adentro fueron descubriendo Europa, África y Asia en un proceso que se incrementó año tras año a partir de 1501.

